Arroz y BrocoliDe verdad me gustaría saberlo. Sé que este espacio no fue nunca uno de dialogo, y los comentarios suelen ser pocos. Además, con una ausencia prolongada, es seguro que perdí a muchos de mis lectores antiguos. Pero si usted quiere comentar, este artículo es el perfecto para hacerlo.

En los últimos años me ha tocado ver un cambio radical en el comportamiento culinario de la gente, y en su opinión hacia la comida casera. Cuando la generación que me precedió crecía, casi todas las comidas eran en casa. De alguna manera, yo me crié con esa idea, porque mis dos abuelas pasaban gran parte de su día en la cocina, y sus casas siempre olían a guisados y galletas.

Mi generación fue un poco distinta. Antes, eran las mujeres las que cocinaban, pero desde los 60s y 70s, ellas se unieron al mundo laboral, y los restaurantes ganaron popularidad. Yo, hasta los 20 años, no había cocinado más que huevos revueltos. No recuerdo compañeros de colegio interesados en la cocina. Algo similar ocurrió en la universidad, aunque aPapas nativashí conocí algunos que si lo hacían; yo mismo preparé mis primeros guisos de universitario.

Sin embargo, algo sucedió poco después. Tal vez fue nostalgia de otras épocas, o sensibilidad económica (recordemos que generalmente es más barato cocinar en casa), o quizás porque la comida en casa es más saludable, pero lo cierto es que renació el interés en la cocina. Se vio reflejado en canales televisivos enteros dedicados a la gastronomía, y el surgimiento del celebrity chef. Nacieron varias escuelas de cocina, y saber cocinar se volvió popular.

La generación actual es interesante, porque busca aventuras y experiencias nuevas en temas culinarios. Se hacen llamar foodies, y no tienen miedo a probar cosas nuevas y exóticas. Han cambiado los conceptos de restaurantes, que ya no ofrecen menús tradicionales con entrada, fondo y postre (ahora reinan los platos pequeños para compartir, separados por materias primas o alguna ocurrencia creativa del chef).

TiramisuBuscan ingredientes más locales y –ellos creen-, más saludables.

También cocinan más en casa. Se hacen populares las cenas en casa con amigos, rotando los hogares, donde los anfitriones hacen gala de los ingredientes y técnicas culinarias que van aprendiendo en internet, restaurantes, televisión, o viajes. Tienen, en sus casas, todos los gadgets para cocinar a gusto. Y se enorgullecen de saber donde comprar los mejores ingredientes, desde los frescos hasta los congelados, pasando por toda suerte de especias, condimentos, y aderezos.

La gente cocina cada vez más en casa. Pero todo lo narrado sucede en otros lugares del mundo. No estoy seguro que esta sea la realidad en Chile. Por eso la pregunta con que empezó este escrito. ¿Usted cocina en casa? Por favor, realmente me gustaría saberlo.

¿No dice la biblia algo al respecto de un banquete si nos ganamos la entrada al cielo? ¿Y no se escribe en ese mismo libro que, para comunicarles a sus seguidores más íntimos sobre su sacrificio, Jesús eligió una cena? Parece ser que, desde hace miles de años, sentarse a comer ha representado un momento importante en nuestras civilizaciones. Es algo entendible, ¿no? Después de todo lo que tuvieron que trabajar nuestros nómadas antepasados que incluso celebraban rituales que los fortalecerían en la caza. Entendamos algo: si no cazaban, no su alimentación estaba limitada a los pocos frutos que podían recolectarse. Cazar era peligroso (y me refiero a peligro de muerte) y el éxito jamás estaba asegurado. Era tan importante la caza que las primeras impresiones artísticas en cuevas francesas y españolas giraron alrededor de este tema. Es fácil imaginarse a nuestros ancestros de hace treinta mil años sentados en comunidad, disfrutando y celebrando el éxito de la cacería. Tal vez desde ese entonces nos queda grabada la importancia de la mesa.

Hay que decirlo, la comida ha sido importante en todas nuestras culturas. Pongo de ejemplo a Nylamp, un Rey que llegó con su séquito a poblar la costa norte del Perú. La leyenda dice que vino del mar, fundó el legendario reino del Sicán y que, ya anciano, se alejó hacia el sol usando unas grandes alas. Estas culturas del norte del Perú preceden a los Incas e incluso al imperio Chimú (quienes eventualmente fueron conquistados por el Inca Tupac Yupanqui). De Nylamp se dice mucho: que vino de México y hasta que fue el mismísimo –o descendiente de-, Eric el Rojo. Se dice que les enseñó a los pueblos peruanos la navegación a vela y los “caballitos de totora”, que aún hoy se construyen en las costas. También se dice que fue el primero en aventurarse en la selva amazónica peruana. Está comprobado que no lo hicieron ni los Incas ni lo Españoles. Pero lo que importa para mi relato, es lo que cuenta la leyenda sobre su llegada al Perú. Se dice que vino con todo su séquito, sus varias mujeres y otros personajes de la corte. Entre ellos, Ochocali, el cocinero jefe y sus ayudantes.  ¡Qué importante debe haber sido la a comida para los cronistas y cuenta cuentos de la época que incluyeron a un cocinero en el séquito! ¿Acaso es igualmente conocido algún cocinero que viajara con Colón? ¿Marco Polo?

Desde siempre la manera más común de agasajar a algún huésped (¿dije agasajar o dije impresionar?) ha sido mediante una invitación a comer. Tenemos inscrita esa costumbre. Nos queda el placer de juntarnos y la alegría de los encuentros y reencuentros. Pero siento que la comida está siendo relegada a un segundo plano. Antes era lo más importante, y hoy se está volviendo un commodity. Es más importante donde se juntan y por qué se juntan que la comida. No lo digo en tono criticón, solo una observación de lo que veo en el rubro. El primer motivo para juntarse era que había comida para compartir, y desde entonces esto fue evolucionando. En otros tiempos (incluso hoy se hace esto en algunos lugares) las juntas eran porque se estaba faenando algún animar grande y había que compartirlo. Esos rituales en nuestro mundo urbano están perdidos. Me gusta que la gente siga reuniéndose a compartir sus vidas en torno a una comida. Solo quisiera que la costumbre de que estas reuniones se hagan alrededor de comida bien preparada no se pierda. No sacrifiquemos a nuestros paladares. A la larga, y por esto de lo comido y lo bailado, no vale la pena. Recuerden que solo unos pocos serán elegidos para ese banquete bíblico de la eternidad. El resto, tenemos que disfrutar en vida.