Yo ceno temprano. Una costumbre que viene de dos lugares. Primero que nada, mis padres, que casi nunca cenan, si no que comen un “té” contundente alrededor de las 7 de la tarde. Por “comer” té, entiéndase lo que se come mientras se toma té: pan, quesos, galletas con mermelada, algún pastel o algo más dulce. Llevan varios años con esta costumbre, pero incluso antes, cuando si cenábamos cada noche, lo hacíamos alrededor de las siete y media. Era cuando vivíamos en Guayaquil (Ecuador), una ciudad calurosa donde la vida empezaba temprano porque era más fresco, y el sol se pone siempre a las 7.

En Estados Unidos era aún peor, porque ahí la gente cena sumamente temprano. Una costumbre heredada de tiempos de agricultura, de cuando se comenzaba a trabajar antes de la salida del sol. Recuerdo que mi cafetería universitaria cerraba a las siete y media. A las 9 abría una especie de tienda con artículos para calentar en microondas, pero no tenían comidas completas, y cerraban a las once. Yo cenaba con mis amigos a las cinco y media todos los días.

Después, en Chile, comencé a trabajar en restaurantes, con nuestras comidas antes de comenzar el servicio, es decir, antes de las ocho. Es muy difícil la hora de comida en un restaurante: hay que comer rápido, muchas veces de pie, y a veces toca comida fría. Uno trabaja y come al mismo tiempo.

Está la comida de trasnoche, saliendo del restaurante con amigos a tomar una cerveza y comer algo grasoso, pero con la edad mis noches de farra disminuyen, y mi trabajo actual empieza temprano en la mañana, por lo que algo mucho menos que antes.

Simplemente, no tengo la costumbre de comer tarde, como es común aquí en Chile, y en varios otros países hispanoamericanos, empezando por España mismo, pasando por Argentina, e incluyendo a México. Lo malo de estas costumbres, en mi opinión, es que uno se pierde de la hermosa experiencia de cenar en una terraza con las últimas luces del día, sobre todo en el verano, cuando anochece pasada las ocho. También es menos saludable cenar tarde, porque uno no hace una completa digestión. Yo siempre duermo mal cuando ceno muy tarde. Tampoco me gusta que la sobremesa se acorte porque “hay trabajo al día siguiente”, o no se acorte, pero el trabajo del día siguiente se vea afectado por la falta de criterio.

No quiero convencer a nadie de que coma más temprano, solo quiero contarles mi experiencia al respecto. Mi cena ideal es a las ocho, termina antes de las nueve, y la sobremesa se extiende con calma hasta las diez o diez treinta. Así, a medianoche ya puedo acostarme sin la pesadez de una comida tardía, y con la alegría de haber compartido con familiares y amigos. Aún con los niños, que muchos ya duermen cuando empieza la cena a las nueve y media en muchos hogares.

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La hora del té en Bolivia es un suceso en todas sus regiones. Cochabamba, mi ciudad natal, tiene fama nacional de ser un lugar de buena cocina y de comelones de primera (¿alguien se sorprende que yo sea de ahí?). Su hora de té tiene varias delicias, como las pucacapas, que son panes –digamos que son empanadas-, rellenos de cebolla, ají, especias, y hierbas aromáticas. Pero hoy quiero hablar del té más espectacular en Bolivia: el del oriente del país, el que conocí en Santa Cruz de la Sierra. Zonas a cuyos habitantes se les conoce como cambas.

Es una experiencia contundente acompañada, ya lo dice el título, de café. Veamos un poco de lo que se come, ¿les parece?

Mis favoritos son los sonsos. El dicho popular es que llevan ese nombre porque cualquiera puede hacerlos. Es un puré de yuca con queso que puede gratinarse al horno, o mejor aún, envolverse alrededor de un palo, y quemado a fuego vivo. Recuerdo que cuando vivía en Santa Cruz, los quemábamos en nuestra chimenea.

Otra delicia son las humintas. El nombre los podría resultar familiar: choclo rallado o pasado por una moledora, hecho un pastelito mezclado con queso, y cocido al vapor o al horno envuelto en la chala, la piel, del maíz. La otra opción es cocinarlo en una charola en el horno. Siempre se mezcla con queso, y algunos le ponen una cucharada de azúcar cuando ya está cocido. En mi mente, es el mejor acompañamiento para un café oscuro.

El siguiente favorito es el cuñapé, que tal vez, si me están leyendo en Chile (que es, por cierto, de donde vienen la mayoría de mis lectores), lo conozcan con su nombre portugués: pao de queijo. Y si están en mi querido Ecuador, los conocen como pan de yuca, y los acompañan de yogurt.Se hace con harina de yuca, huevo, y queso. En casa, mamá los sigue haciendo con cierta frecuencia, para agrado de toda la familia.

Hablando de especialidades a base de harinas alternativas, están las roscas de maíz y los panes (o empanadas) de arroz, que realmente no es una empanada. Recuerdo que en algún momento lo hice desde cero, moliendo arroz seco y cocinando la masa terminada en hojas de arroz. Hay varios otros antojitos, que desafortunadamente obviaré en este escrito, pero si me gustaría darle una mención honrosa al rollo de queso, que es el único de los mencionados que se hace con harina de trigo tradicional, y que ni siquiera estoy seguro que sea una receta camba.