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Depende de que defina por “celebrar”, pero si usted es como las grandes tiendas y supermercados que ya empezaron, lo hizo muy temprano.

Dicho eso, quiero ponerme personal y hablar un poco de cuando empezamos nosotros, mi familia, a festejar las tradiciones navideñas. Y no comienza con villancicos y adornos en las tiendas, pero comienza de manera similar, porque es marcada por algo que también encontramos en las tiendas: el panettone (y en grado menor el stollen y el pan dulce, el pan de pascua). Es lo primero que compramos a mediados de noviembre para acompañar nuestro té vespertino. No le hacemos tanto caso a la música y colores a nuestro alrededor, pero si nos fijamos en que hay para comer en la temporada.

No hacemos nuestros propios panes, pero algún día me gustaría que esa sea mi aporte a la tradición. ¿Tal vez la próxima navidad?

El resto de las tradiciones las adoptamos algo tarde, en parte porque noviembre y diciembre son meses de cumpleaños familiares, y no queremos mezclar festejos, y en parte porque el resto de las tradiciones prenavideñas no podemos comerlas.

Tal vez suene extraño viniendo de mí, criado en una familia atea y escéptica, pero desde chico las navidades son mis festividades preferidas. De chico, no lo niego, porque significaba juguetes y la ceremonia entretenida del armado del árbol (desde que tengo memoria, hasta ahora, lo hemos armado el veinticuatro de diciembre por la tarde, una tradición en la que participa toda la familia).

Hoy me interesa mucho menos el regalo que recibiré. En cambio, me empeño más en el regalo que voy a entregarle a mis seres queridos. Lo que no cambia, es mi alegría por pasar todo el día con la familia, haciendo una actividad divertida y en conjunto. Desde hace ya algunos años, además, soy el encargado de cocinar la cena de nochebuena: una ocasión de semi-gala donde nos vestimos hasta de corbata y montamos una mesa con manteles finos y cubiertos elegantes.

Es cierto que el significado original de la navidad es obviado por muchos, entre los que me incluyo. Es verdad que el stress y el comercialismo se han ido comiendo estas fiestas. No hay nada más desagradable que ver, desde finales de octubre, supermercados decorados con motivos navideños y villancicos. Y a medida que se acerca el 25, manejar o entrar a una zona comercial es una prueba de nuestra paciencia, pues hay que resistir empujones, maniobras descabelladas de motoristas apurados y hasta insultos no merecidos. Por eso, estas fechas no son bienvenidas por…, bueno, por muchos. Son bienvenidas por cada vez menos gente, yo diría. Y no los culpo.

Además está todo esto de una fecha católica en un mundo cada vez menos religioso, y eso pone a varios incómodos. Pero al final de cuentas, un feriado es un feriado, y a estas alturas del año, todos queremos uno.

Yo digo que aprovechemos este feriado, incluso los que no somos cristianos, para tener un momento de reflexión. Es lindo dar regalos a quienes se quiere, y es lindo recibirlos. Pero que ese no sea el momento más importante de la navidad. Que el momento importante sea una buena comida, que no tiene que ser sofisticada, pero si debería alargarse. Debería ser un momento de sobremesa conversada y de reírse con la familia. Hay familias que solo se juntan todos en estas fechas, y son ellas las que más tienen que preocuparse de compartir y demostrarse cariño.  Por eso es este feriado y no cualquier otro el que me gusta más. Es un feriado que tiende a juntarnos.

No estoy seguro por qué en mi casa se arma el árbol navideño tan tarde. Habiendo vivido tanto tiempo afuera, no estoy seguro siquiera si esa sea una costumbre boliviana. Lo que sé es que es un momento en que todos estamos disponibles para participar, y por eso mismo lo hacemos felices. No trato de convencer a nadie de cambiar sus tradiciones, pero si de hacerlos pensar: algunas tradiciones son buenas, y si no tienen ninguna, este es un buen año para comenzarlas.

Esta navidad, les deseo felicidad a todos. Pero más que nada, deseo que puedan pasarla rodeada de gente que los quiere, y que el cariño sea mutuo. Que puedan compartir comida y bebida con ellos. Y que puedan disfrutar de sus sonrisas. Estas navidades, les deseo buen provecho.

 

Comenzó con menos de un mes para la cena de noche buena. Sabía que tenía que cocinarla yo, pero jamás lo hablamos con la familia. Mamá me preguntó si tenía unas ideas, y ella me planteó sus preocupaciones. “Cocinemos algo ligero”, me dijo. “Comer pesado muy tarde no nos cae muy bien”. Y cavemos más profundo: la típica comida navideña es pesada, y en nuestro hemisferio sur, en verano, deberíamos optar por comida liviana.

Un salto al pasado: La “noche del 24” en mi familia siempre fue importante. Tal vez por las repetidas mudanzas, esta fiesta cristiana (en una familia no muy creyente) era una oportunidad de estar juntos y celebrar justamente eso, nuestra pequeña unión. Desde que tengo 8 años se acabaron las fiestas grandes y celebraciones en distintos lugares a lo largo de dos o tres días. Nosotros somos 4 y eso era suficiente. Por eso la cena era importante. Cuando era menor, mamá cocinaba, generalmente, un pollo relleno o algo por el estilo. Era una comida elegante, y nosotros nos vestíamos de traje y corbata. La comida navideña sigue siendo un momento importante en nuestro año. Seguimos elegantes (aunque desechamos las corbatas) y ahora cocino yo, con ayuda de mamá.

Elegimos un spätzle, que puede no sonar muy liviano, pero lo servimos tibio y salteado con bastantes vegetales de la estación (espinacas, choclo, habas, zapallo italiano, berenjena y tomates cherry). Todo eso acompañando un lomo a punto y salsa de vino tinto. No hubo entrada pero si postre: uno de estos bizcochos de chocolate con el centro líquido y salsa de frambuesas. Para “mojar”, champagne y vino tinto de Mendoza. ¿Bajativo? Nada, sesión de fotos (solo una con el gato de la casa, más preocupado de las luces del árbol que de las del flash) y el intercambio de regalos (ya no recuerdo la última vez que esperamos a media noche para abrirlos)

Un paréntesis para considerar: Nuestras tradiciones navideñas las heredamos del norte, donde está comenzando el invierno y todos sueñan con su blanca navidad. Por eso nuestro Papá Noel tiene abrigo (no entremos en detalles sórdidos al respecto, pero no es coincidencia que su vestimenta sea roja, tampoco), por eso el árbol navideño es un pino y se le pone nieve falsa. Por eso también comemos pavo asado o jamón acaramelado. En invierno, estas elecciones tienen mucho sentido. Pero en verano, con sobre 20ºC afuera, creo que es hora de cambiar la mentalidad. No digo que nuestro Viejo Pascuero llegue en pantalón claro de lino y polera, pero al menos que la comida sea adecuada para el clima. Es decir, que vuelvan los pescados y las ensaladas.

Finalmente, en casa, quedó la decisión de comida ligera también el próximo año. En una temporada llena de sabores y colores, la elección del menú volverá a ser fácil. Ah, por cierto, nada de fotos, se comió todo, no sobró nada.