Zanahoria, Remolacha y Huevo Duro

Cuando era niño, esos tres ingredientes formaban una común ensalada de centro de mesa. Remolacha cocida en rebanadas, zanahoria rallada, y el huevo duro ya sea entero o cortado en gajos. A veces venía con pepino, y otras con lechuga picada, para llenar espacio en el plato.

Era una ensalada simple, con un aderezo básico de aceite vegetal y vinagre blanco. En esos tiempos, no se gastaba en lujos: el aceite de oliva casi no se conocía, y el único vinagre en la alacena era el de ácido acético, no de jerez o manzana.

Recuerdo que la remolacha terminaba manchando todo de rojo, especialmente la clara del huevo. Hoy me preocuparía más la presentación del plato, pero en aquellos días era lo de menos. Me encantaba esa ensalada: la zanahoria le daba frescor, la remolacha la hacía dulce, y era consistente por el huevo.

Hoy casi no la como. Las ensaladas en casa son un poco más sofisticadas, y ya nadie la sirve en un restaurante, pero sigue siendo uno de aquellos platillos que evocan mi infancia, y por eso le tengo guardado un lugar privilegiado en mi corazón y en mi memoria.

No creo haber sido el único que comió una ensalada similar. Y estoy seguro que cada uno de ustedes tiene un platillo que les despierta sensaciones similares y los lleva a la simpleza de la comida casera y los simples sabores de la niñez. Si tienen ganas de compartirlos, me encantará leerlos.

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