La primera vez viviendo afuera. Tenía 19 años  y estaba lejos de casa, estudiando. De la comida se encargaba la universidad, mediante una serie de cafeterías y un plan de comida. No digo que lo que servían era malo, pero el padrón de sabores se repetía con demasiada frecuencia y era, para satisfacer a una gran masa de los cerca de treinta mil estudiantes que atendíamos esa institución, bastante insípida.

Yo estaba acostumbrado a otra cosa.

Tal vez porque esta universidad estaba en el medio oeste de los Estados Unidos, uno zona primordialmente agrícola y de gente simple. Ya sabemos: gente simple = sabores simples. O al menos la universidad no se arriesgaba –no a menudo, al menos-, con combinaciones de sabores complejas. Tal vez eso gatilló algo en mi cerebro que me hizo decidir que yo podía cocinarme mis platos favoritos.

Solo había un problema. Nunca antes había cocinado, con la excepción de alguna torta mármol y un pan (que empezó como una receta casera de plasticina) que quedó demasiado duro para ser comestible. Entonces le pedí ayuda a mamá. En una vacación me metí, por primera vez en mi vida en la cocina a hacer algo más que hacerme un sándwich tarde en la noche o lavar los platos (que no era solo cuando me portaba mal… ¡en serio!)

Volví con una manojo de técnicas y un librito, que eran varias hojas impresas, bajo el brazo. Así empecé a cocinar. Todo porque extrañaba la comida casera. ¡Cómo no la iba a extrañar! Mamá es una excelente cocinera., y su cocina huele a cebollas sudando, a comino y cilantro, a tomates que se cuecen lentamente y a ají. La cocina de mamá siempre es un acontecimiento, y antes tenía un par de amigos que “casualmente” llegaban siempre a la hora de la cena.

Es cierto que no comencé a cocinar profesionalmente hasta varios años después de lo que les cuento, pero si puedo decir que sentir esos mismos aromas que ya amaba, saliendo de algo que yo estaba haciendo era un sentimiento mágico. El fuego estaba despierto dentro de mí.

Gracias mamá, y gracias abuelas, por guiarme en este camino que adoro.  Nunca olvidemos el calor de sus ollas, sin las cuales, no existimos

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