Está poniéndose de moda la comida orgánica. En varias ciudades ya aparecen mercados orgánicos, e incluso las cadenas de supermercados comerciales tienen pasillos enteros exhibiendo sus productos orgánicos.  Son lechugas, zanahorias y otras verduras y frutas.  También hay carnes y productos elaborados con ingredientes orgánicos.

¿Qué es exactamente un producto orgánico? Se podría decir que hay dos categorías. Por definición, el producto es orgánico cuando no ha sufrido intervenciones químicas en su proceso de desarrollo. Están prohibidos, por ejemplo, los pesticidas químicos.  Tampoco podrían usar aditivos u hormonas en la alimentación. Incluso el fertilizante tiene que ser natural. Es por tanto, un proceso más difícil y que requiere inversión de tiempo para lograr un buen resultado. Eso ayuda a explicar por qué suelen ser más caros estos productos orgánicos.

Antes dije que hay dos categorías de “orgánico”. Mentí. En realidad hay una sola, cuya definición simplifiqué en el párrafo anterior. Lo otro que existe es una certificación orgánica. Es una trámite que permite ponerle un sello al producto para que el consumidor lo identifique y pueda confiar en él.  Lo que pasa es que, como todo trámite, es engorroso y costoso, por lo tanto muchos productores pequeños optan por no certificarse, lo que no merma su compromiso.

Estoy hablando de un método natural, biodiverso y ecológico. ¿Donde está, entonces, el mito que menciono en el título de este artículo? El mito es nuestra percepción del producto orgánico.

Un buen producto es local (no ha viajado congelado miles de kilómetros),  temporal (los productos agrícolas tienen una temporada fija, algo que hemos olvidado en estos tiempos de tomates todo el año en el supermercado), saludable (aquí el problema de los pesticidas químicos) y sabroso (¿han probado alguna fruta sacada directamente del árbol cuando está a punto de caerse de madura?). Todo esto describe un buen producto, pero ese producto no es necesariamente orgánico. Dulces moras sacadas directamente del arbusto bajo el calor del verano: ese es un buen producto. Este producto es mejor que moras importadas del hemisferio norte cuando ellos están en verano solo para que tengamos moras todo el año. También está la alternativa transgénica, que modificaría genéticamente la mora para que podamos tenerla todo el año. El problema con estas franken-frutas es que existe muy poco control al respecto de cómo las modifican o las consecuencias futuras que puedan tener en nuestros organismos. Uno no confía en las grandes agrícolas que ocultan o esconden información, pero mi principal crítica de las cosechas transgénicas (ya que el resto es mera especulación y sentido común), tiene que ver con el sabor. Si prueban un tomate “rocky” en pleno invierno sabrán a que me refiero: un tomate rojo –a veces paliducho y a veces de mejor tono-, casi perfectamente redondo y absolutamente insípido.

Finalmente tenemos el punto ético y económico. Yo doy un ejemplo: Si un productor orgánico es atacado por una plaga que es incapaz de controlar con métodos naturales, tendría que dejar que su cosecha muera. Pero con ella se va toda su inversión. Por eso, dependiendo del productor, existe una alta probabilidad que el producto vendido como orgánico no sea tal. ¿Cuál es mi garantía real que el producto orgánico que compramos es realmente tal?

Orgánico no es sinónimo de saludable. Orgánico no es sinónimo de “mejor para ti”. Orgánico no es sinónimo de sabor. Las buenas prácticas pueden llevar a eso, pero no nos confundamos. Sustentable y orgánico van de la mano, pero no son palabras que puedan intercambiarse irresponsablemente.

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