Para los que me leen fuera de Chile, les explico en pocas palabras la situación. Los mayores periódicos de Santiago, como plan de fidelización de sus clientes, crearon programas de descuentos: para restaurantes, 25% de descuento sobre la cuenta total, excepto menús u otras promociones ya existentes. Claro que, además, te solicitan exclusividad de programa de descuentos.

Como periódico es un plan brillante. Te facilitan una tarjeta de cliente frecuente (club de lectores, la llaman) y la usas al pedir la cuenta en los restaurantes adheridos para pedir el descuento. Y en teoría es buen negocio para todos. El periódico le hace publicidad a sus restaurantes con convenio y los clientes comen comida con descuento (¡de cada cuatro, uno come gratis!)

La realidad es otra. El costo del descuento corre por parte del restaurante. Y como ellos no quieren perder su margen (al final, también son un negocio que tiene que rentabilizar), le terminan subiendo 25% al precio de todos los ítems en sus menús. ¿Resultado? Comida que es, al menos 25% más cara de lo que debería serlo.

El periódico gana, porque tiene un plan efectivo para obtener clientes nuevos y mantener a quienes ya lo son. Pero en este triangulo, los otros dos vértices pierden.

Pierde el restaurante, porque se vuelve caro y margina, de alguna manera, a todos sus clientes que no tengan la tarjeta de descuento. Pierde también en calidad, o al menos la calidad percibida por los clientes: Están 25% más caros pero no está mejor la comida. Ni siquiera está distinta, en muchos casos.

Y pierden también los clientes, porque están siendo engañados. Lo malo es que los engañan los restaurantes, pero estos se ven obligados a hacerlo. ¿Obligados? ¿En serio? Pues sí. Básicamente, muchos comensales rotan en el circuito de locales adheridos. Se entiende su filosofía de ahorro, aunque hayamos visto ya que es falsa. Entonces, los clientes no llegan al local sin descuento. Por lo tanto, el restaurante se siente también atraído por este programa. Pero una vez adentro, se da cuenta que hay que ajustar los costos para evitar irse a la quiebra (¿se imaginan un restaurante lleno, pero perdiendo 5 a 10% por cada cliente que entra con una tarjeta de descuentos?).

A fututo, temo por la gastronomía del país en general. Ya se ve que varios clientes prefieren restaurantes con descuento a aquellos con buena comida. Ya se ve que están dispuestos a aceptar esa subida de precios sin importarles que la calidad se mantenga (eso en el mejor de los casos, pues por el aumento de flujo de clientes, en algunos lugares llega incluso a disminuir). Ya se ve que el futuro gastronómico se maneja en periódicos y no en cocinas. Los programas de estos periódicos tienen que ser más flexibles, aceptando otros tipos de ofertas para restaurantes. Y los clientes tienen que entender esta gran mentira y revelarse.

Es tiempo ya de pensar en serio sobre nuestra gastronomía. ¿Dónde queremos que vaya? O mejor: ¿Dónde queremos llevarla?  ¡Ya basta de la falacia de comida gratis! Comencemos a valorar la gastronomía como algo que tiene un costo, y ese costo no tiene cabida para descuentos que amputan.

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