Es difícil imaginar a nuestros ancestros sentados frente al fuego y comiendo alimentos no cocinados. El concepto “cocinar” debe haber nacido cerca del tiempo en que nuestra primitiva humanidad aprendió a domar el fuego. Y si alguna vez pensábamos sobre este tema, raramente llegaríamos más lejos que esa reflexión. Richard Wrangham, doctor antropólogo de Harvard, y su equipo, plantean una interesante teoría: la evolución humana fue gavillada en el momento que aprendió a cocinar.

Generalmente se entendía que el ser humano comenzó a “dominar la tierra” cuando aprendió a elaborar herramientas para trabajar la tierra y mejorar la casa. El doctor Wrangham realizó una investigación que concluye con un interesante análisis:

La fisonomía del hombre y la mujer cambiaron por la cocina. Carne cocinada es más fácil de digerir, cambiando nuestro sistema gastrointestinal. Además, de comida cocida, nuestro cuerpo absorbe mejor ciertas proteínas y minerales.

Antiguamente, el hombre era mucho más grande, físicamente, que la mujer. Desde que se pudieron cocinar ciertas raíces (previamente incomestibles), la brecha de tamaño entre hombre y mujer decreció hasta –casi-, emparejarse.

Estos factores contribuyeron a la formación de sociedades. En las sociedades, los humanos teníamos más tiempo libre. Tiempo para, tal vez, crear herramientas. Y, claro, volver todas las ceremonias y rituales en artes y oficios. Como la pintura o la arquitectura. O la cocina.

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